Éramos rudos
al hablar, no nos estábamos mirando. Yo había visto alumbrar las estrellas y tú
no estabas de acuerdo. Me oprimía el pecho una sensación contraria a las
cosquillas de los martes por la tarde. De repente me pasó lo de siempre, tantas
ganas de matarte como de abrazarte. Pero ya no estabas aquí. Hice lo que pude,
llorar, tragar, y aceptar la pura realidad de los hechos, todo era más
importante que yo. Pero yo seguiría
queriéndote hasta el fin del mundo.