Seguí escribiéndole cien mil noches más después de prometer
no volver a hacerlo cada vez que cerraba una página más. Siempre dispuesta a
empezar una página en blanco y todas las noches queriendo borrar el mismo
nombre. Pasado un tiempo terminé con esto, dejé de escribir para nadie, hasta
que aprendiese a pensar en otras cosas se acabaron las letras. Pero algo muy
fuerte se encerraba en mi pecho cada vez que me resistía a querer recordar lo
mucho que añoraba decir te quiero. Siempre usé las mismas palabras para decirle
adiós, incluso la misma excusa para auto convencerme del tiempo que estaba
dejando escapar entre mis dedos. Disparé mil veces después de todas las letras
que escribía pero no hubo forma alguna de sentir alivio. Si alguien tenía la
culpa de esta grieta en corazón abierto había sido mi capricho de sentirlo
tanto. Aprendí a decir que no, y busqué soluciones en vez de hallar problemas. Así
me alejé de la espera y sustituí cualquier sentimiento comparado al amor.
Aquella fue la clave, dejar de sentirme anclada para poder navegar tranquila.
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